las mejores bicicletas
La bicicleta se inventó en la Europa posrevolucionaria y
burguesa de principios del siglo XIX. Primero fue apenas un entretenimiento
para adinerados, aunque pronto se extendió al resto de capas sociales y de
continentes. En apenas cien años, la bici vivió un auge inaudito,
convirtiéndose en el pasatiempo favorito de cientos de miles de personas.
Es uno de los medios de locomoción más extendidos y más
económicos que el ser humano ha creado. Y, sin embargo, no lleva tanto tiempo
entre nosotros.
Pedales y “agitahuesos”
La primera gran revolución en el diseño de las bicicletas se
produjo unos decenios después con la introducción de los pedales, directamente
insertados en el eje de la rueda hasta la invención posterior de la cadena de
transmisión. Como ocurre con muchas patentes de la época, no está claro quién
fue el padre original de la criatura ni cuál la fecha de nacimiento. Lo que es
seguro es que hacia la década de 1868 la utilización de estos artilugios, llamados
velocípedos o “agitahuesos” (boneshaker), por la desagradable vibración que
producían sus cuadros. También en esta época se comenzó a utilizar el metal en
su construcción, lo que posibilitó aligerar el peso y hacerlos más prácticos y
hermosos. De todos modos, el diseño definitivo no estaba ni mucho menos fijado,
y en la época se experimentó con aparatos de dos, tres o cuatro ruedas. En
1867, el constructor de carrozas francés Pierre Michaux comenzó a fabricarlos
en serie.
La época del velocípedo
El final del siglo XIX fue la época de esplendor del
velocípedo que habitualmente viene a la cabeza, con una rueda delantera inmensa
y una trasera minúscula por comparación. Esta diferencia de tamaños se debía,
sencillamente, a que aún no se había inventado la cadena de transmisión, y los
pedales movían directamente las ruedas, así que la ecuación física es sencilla:
a mayor tamaño de ruedas, más velocidad.
La “bicicleta de seguridad”
Gran Bretaña y
la década de 1880 fueron claves en la creación de la bicicleta tal y como hoy
la conocemos, pues allí y entonces se produjeron dos inventos fundamentales
para ello. En primer lugar, John Boyd Dunlop ideó el neumático, una cámara
de caucho rellena de aire, con la que equipó el triciclo de su hijo, haciendo
más cómoda la circulación. Por otra, en el país se popularizaron las llamadas
“bicicletas de seguridad”, así denominadas porque, por una parte, empleaban de
forma generalizada frenos, y, por otra, tenían el sillín más bajo que los
monstruosos velocípedos, lo que las hacía más estables. Además, incorporaban un
elemento bien importante: la cadena, que transmitía la fuerza ejercida en los
pedales por el ciclista a la rueda trasera del ingenio.
Fabricación en cadena
Con el molde
para el futuro ya establecido, el final del siglo XIX fue el de la “locura por
la bicicleta”. El modelo de seguridad se extendió y llevó al desuso al
velocípedo y el resto de ingenios, y la demanda generalizada hizo que los
precios descendiesen hasta hacerla accesible a un número cada vez mayor de
personas. En este período se sucedieron las mejoras en el diseño: se estableció
como canónico el cuadro en forma de diamante, que aún hoy se mantiene en la
mayor parte de las bicis; se introdujeron muelles en los sillines para
amortiguar las vibraciones del terreno; se patentaron precursores de las
actuales suspensiones; e incluso se unió a la bicicleta el otro gran invento de
la época, el motor de combustión interna, creando otro aparato que hoy está muy
presente en nuestras vidas: la motocicleta.
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